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¿Es un sacramento el hiyab?

La respuesta no tiene nada de misterioso. Lo cierto es que en la vida del musulmán o bien todo es sacramento porque todo, estando sometido al Creador y siendo su obra, es sagrado, o bien no hay sacramentos, si se entiende que hay algo que, desligado de todo lo demás, se convierte en más sagrado o más sobrenatural que cualquier otra cosa. Entonces, no, no es un sacramento. Nada en el honrado Alcorán nos invita a considerar ninguna vestimenta como sagrada, como más sagrada que cualquier otra cosa o cualquier otra vestimenta.

Es cierto que en la jurisprudencia tradicional hay normas de vestimenta para varones y mujeres pero esas normas son opiniones de los jurisconsultos y no mandamientos divinos ni mucho menos cosas sagradas per se. Eran opiniones emitidas para orientar a aquellas personas que quisieran orientación pero que nadie estaba obligado a seguir si no estimaban necesitar esas opiniones. Hoy día, esas normas siguen siendo lo mismo, opiniones que nadie está obligado a seguir pero que, en esa proclividad del ser humano a dejar que otros le digan lo que debe hacer, algunos han convertido, con los cambios que hayan querido introducir, en obligación.

Nadie en su sano juicio puede tomarse como obligación impuesta por Dios lo que Dios mismo no ha impuesto. Y, si bien cada persona es muy dueña de dejarse imponer lo que le dé la gana, lo que no es admisible es la pretensión de que lo que deduzcan o decidan los hombres (hombre = mujer, varón) pueda ser imposición divina para todos. No. Cuando alguna mujer crea que Dios le impone el hiyab, por favor, o es su opinión muy personal sobre lo que haya querido decir Dios o es que sigue a algún ser humano para decir que lo manda Dios. Lo que no puede aportar ni citar es la orden divina del hiyab porque no existe. No existe en la revelación divina que es el honrado Alcorán. Y el honrado Alcorán cuando impone algo o prohíbe algo es claro y no nos viene con alegorías ni adivinanzas.

A una le duele que los musulmanes que están obsesionados con el hiyab estén en esa obsesión y que, en cambio, no se obsesionen igual con la pureza de los varones que, esa sí, la manda clarísimamente el honrado Alcorán. Hay algo que no va y eso que no va es evidentemente el doble rasero de toda la vida, como el que imperó en la Europa de los últimos siglos hasta la mitad del XX. La virtud era cosa femenina, no masculina. Pues igual. Si se trata de llevarse algún gato al agua en una carrera por los privilegios de esta vida, pues sí, el doble rasero se lleva muchos gatos al agua, así que adelante con él porque sí, los varones viciosos sí que ganan en esta vida. Pero que no tengan la pretensión de que con esas trampas se están ganando la otra o que son alguien para hablar de la virtud femenina o de lo que manda Dios porque no, con cada gesto hipócrita, con cada gesto de doble rasero, con cada tiranía sobre el sexo femenino (o masculino), con cada opresión, con cada disgusto y humillación gratuita, se están haciendo acreedores a la venganza divina, porque, como nos dice muy claramente el honrado Alcorán, esas cosas no se van a barrer ni borrar y echar por debajo de la puerta. Con eso se verán confrontados y no los juzgará ninguna mujer sino que Dios será el juez, sabedor de todo lo que escondemos. Y Dios, no lo olvidemos, nos dice en la aleya primera de la cuarta azora y en la misma frase:  “…Honrad a Dios… y honrad a las matrices”. Bonita manera de honrar a las matrices esa de aprovechar la fuerza masculina, los privilegios injustos conseguidos mediante esa fuerza, para humillar y someter al otro sexo.

En cuanto a las mujeres que secundan esas humillaciones a sus congéneres, a sí mismas se deshonran y se esclavizan; rebajan lo que Dios no consiente que se rebaje. No hablo de las que lleven hiyab por su sentir o convicción personal e íntima, que eso no se discute ni se debe discutir porque es potestad de cada cual, varón o mujer, sino de las que lo erigen en algo que las hace mejor que las demás y como algo extra que debe cumplir la mujer.

Muchos musulmanes “tradicionales” se llevan las manos a la cabeza por lo que se ha hecho del hiyab. De ser, una vez sentado el decoro en la apariencia personal, algo inconsecuente e intrascendente sobre lo que se ha podido opinar, se lo ha convertido en un agujero negro en el que se arrojan tantas energías de lucha del musulmán como debieran encauzarse a cosas de más sustancia y fondo. El hiyab se ha convertido en un instrumento superficial de fiscalización de la moralidad de la mujer y de asignación a esta de toda la moral social. O sea, ya puede irse todo al carajo, mientras las mujeres, como buenas ovejitas, lleven su hiyab, todo estará bien, fabulosamente bien. Es como celebrar la misa los domingos. Mientras se diga misa y se comulgue todo está a salvo para el católico. Pues eso.

El hiyab ha servido o puede servir en según qué medios como una militancia o una reivindicación identitaria. Bien está. Sin embargo, a la altura en que estamos, el hiyab es ahora una hipoteca sobre todos los musulmanes, individualmente y como comunidad, que nos está saliendo muy cara. Y eso que todavía no se nos ha empezado a cobrar en serio. O lo soltamos, en tanto que sacramento, y se deja, como cualquier vestimenta, al arbitrio de cada persona, varón o mujer, o al final esa hipoteca nos hará reventar. Las sociedades (al menos lo que yo conozco de ellas) donde se ha impuesto el hiyab de manera general, no por ley sino por presión social, se han deteriorado moralmente en todos los órdenes. La honradez, la integridad, no se reverencian, se reverencia la apariencia. La apariencia manda, manda en todo. Sí, no hay que saber, hay que aparentar saber, no hay que cumplir, hay que aparentar que se cumple, no hay que ser virtuoso, hay que aparentar virtud, todo ello según la convención de qué cosa aparenta qué otra cosa. Las mujeres han de aparentar virtud con el hiyab o –mejor todavía- el nicab, en el entendido de que lo que se les exige no es virtud verdadera, cosa que no se analiza ni se considera -y que llevaría, por lógica, a la consideración de la virtud masculina en el mismo plano-, sino la apariencia en sí. Porque la apariencia indica sumisión a su cometido en la sociedad que es cargar, como Cristo, con los pecados de todos los hombres, y en este caso, sí, entiéndase “hombre” como varón, porque de eso se trata.

El hiyab, como sacramento, es eso: la meada del perro que marca su territorio. Y la mujer es territorio masculino. El hiyab elevado a sacramento es el reconocimiento y acatamiento por la mujer de que ella es portadora de los pecados de los hombres, de que ella asume esa carga y se reconoce culpable de antemano de lo que hagan ellos. Es un castigo más, como el “parirás con dolor”, que se trata de disfrazar de respeto a la mujer pero que, si se ve como lo que resulta en realidad, es una imposición por “decreto divino”. Y se trata de eso, de forzar a la mujer a reconocerse culpable por el hecho de ser mujer, so pena de considerarla pecadora, corruptora, causante del pecado de la humanidad y réproba general. Es, en resumidas cuentas, el trasladar al islam todos los tópicos y tergiversaciones de origen cristiano de la mujer como causante de la caída, la que escuchó a la serpiente y todo eso, es decir, es imponer a la mujer musulmana el sacramento por el que se “redime” de su pecado de ser mujer, de ser el peligro para la auténtica humanidad: ellos. Los sacramentos son necesarios para salvarse. El hiyab es el sacramento por el que se le perdona a la mujer el serlo. Pero, como dejar de ser mujer no se puede, salvo operaciones de cambio de sexo, pues la mujer SIEMPRE está en pecado y por lo tanto siempre tiene que estar sacramentándose, o sea, que no se puede desprender del santísimo sacramento del hiyab sin ser acusada de procurar la caída de la humanidad.

Aclaro que por nada del mundo quisiera ofender a mujeres muy humildes y muy buenas que se cubren la cabeza por motivos legítimos y no por los que se critican en este artículo. A ellas y a los varones musulmanes que también se cubren por esos motivos íntimamente sinceros y rectos, mis respetos igualmente sinceros. Creo que esta sacramentalización de las prendas de vestir también perjudica a estas personas sinceras y rectas convirtiéndolas en objeto de controversias y polémicas, controversias y polémicas que no desean. Remato, pues, diciendo lo que dice un hadiz: la religión es sinceridad. Que Dios nos guíe, pues, a todos para ser veraces y sinceros en todo lo que hagamos, aparente o no aparente, y que Dios bendiga y dé fuerzas a quienes desean vivir en Su complacencia. Volvamos a nuestro templo más escondido para adorarLo de corazón, con toda la humildad de quienes nos sabemos don Suyo, plasmación de Su Divina Voluntad y a Quien hemos de volver.

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