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Lo que nos debemos

Tengo la mala sensación de que se nos está empujando a algo muy triste, y eso desde todos los lados, y de que en la esfera política hay muy pocos inocentes. Esto de ayer no es el fin ni muchísimo menos. Lo de ayer fue un giro que sencillamente anuncia más del culebrón. La verdad es que la gente, de cualquier opinión, se siente impotente -y tal vez lo es- y por eso insisto tanto, tanto, tanto en no perder los estribos ni la ecuanimidad. Al final el pensar en quien tiene o ha podido tener razón no sirve de nada.

¿Quien tuvo razón en la ex-yugoslavia? Después de millones de muertos, refugiados, vidas y países destrozados y rencores sembrados para muchos años, lo de quién tuvo razón es pésimo consuelo. Para las carnicerías y los desastres nunca hay razón suficiente. Y, como digo, me temo que esa es la meta que se nos está colocando para todo el culebrón. Y da igual la opinión política o histórica que se tenga. Ante todo debe primar, por nuestro propio bien, el sentido de hermandad y de paz, no como pretexto para ceder a la opresión sino precisamente por no someterse a sus dictados de rencillas y odios que se siembran y fomentan a conciencia.

Si a los políticos y a quienes les tiran de los hilos les vienen bien los odios de unos a otros, a la gente nos vienen fatal y lo último que debemos es aceptar que eso es algo inevitable o que nos vaya a hacer el más mínimo bien. Todos tenemos pasiones y todos tenemos que despotricar en muchas ocasiones, todos cargamos con nuestras propias injusticias que nos hieren en el alma y es lógico y humano soltar la indignación por ello.

Pero mantengamos eso a raya y no dejemos que se utilice esa necesidad nuestra, tan comprensible, para hacer daño a nadie, incluidos nosotros mismos. Sobre todo, no lo voceemos a los cuatro vientos cuando puede herir u ofender a otros. Sabemos perfectamente que eso no es nuestro ser racional y moral sino una necesidad emocional porque también tenemos todos cosas que nos hieren u ofenden. Pero sepamos que no nos podemos dar el lujo de entregarnos al estado emocional del momento, que ese es nuestro talón de Aquiles. Seamos conscientes, seamos conscientes de lo que está en juego, que no son los sentimientos de justicia o injusticia de nadie. En la justicia creemos todos los hombres de buena voluntad. Pero que no se usen esos sentimientos legítimos para azuzarnos. De ninguna manera. Si somos conscientes de que se nos azuza, tal vez resistamos a algo tan irracional y primitivo.

Se puede renunciar a muchas cosas y probablemente nos veamos obligados a renunciar a muchas cosas, pero, por Dios, no renunciemos a que siga mandando la buena voluntad, la reflexión, el sentimiento de humanidad que debe primar en cualquier situación difícil y, mucho me temo, van a venir situaciones difíciles. Ojalá, ojala, ojalá me equivoque pero, sea lo que sea, más vale que nos armemos de las mejores cualidades humanas de reflexión, prudencia, respeto y bondad, porque la alternativa serán las peores cualidades y las calamidades en que resultan, que sabemos perfectamente que ninguno queremos sufrir y ni siquiera imaginar.

Tenemos que tener fe en lo mejor de nosotros y perseverar en ello. He hablado de impotencia, sí, pero esforcémonos por que sea lo contrario. La fe mueve montañas y también a las personas. Tal vez cuando caigamos en la cuenta de que en nosotros cabe la nobleza, la grandeza, la generosidad, nos sintamos capaces de vencer los obstáculosmás arduos. Hoy somos muchos los millones que estamos metidos en este callejón y debemos, por amor y respeto a nosotros mismos, a nuestros semejantes y compañeros, por nuestra propia satisfacción y autoestima, demostrar que ese callejón tiene salida: la salida a la luz, la salida humana, la honrosa, de salvar todos los escollos poniendo lo mejor de nosotros mismos y aceptando lo mejor de los demás. No tenemos por qué “rendirnos ante lo inevitable”. Nos debemos a nosotros mismos y  todos nuestros semejantes con los que estamos juntos en ello aunque no lo hayamos buscado, Dios mediante, encontrar esa salida a la luz ganada por derecho y sentir la satisfacción de haber plantado un jalón más en esa feliz historia que se dice que no tienen los pueblos felices.

Que sea Dios nuestra ayuda.

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