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Antonio Vargas Heredia: El varón deseado

¿Qué español no conoce esta canción de los años treinta del siglo pasado? ¿Cuántos no la hemos medio cantado alguna vez o muchas veces?

Lo que nos cuenta la canción todos lo sabemos porque la letra, de Juan de la Oliva, lo dice muy claro. Sin embargo, historias de esas las hay a montones y no las tenemos en la  memoria o en la boca. ¿Qué es lo que hace que algunas canciones, algunas poesías, algunas historias se nos queden agarradas, anidadas en la memoria y en el alma como si fuesen elementos consustanciales de ellas?

¿Qué es lo que lloran las mocitas de Sierra Morena de Puente Genil a Lucena y de Loja a Benamejí? ¿Son solo las mocitas de Sierra Morena las que mueren de pena o son por el contrario esas mocitas una imagen de algo más  grande y con raíces más hondas en el alma humana? ¿Por qué muchas veces hasta se nos saltan las lágrimas señalando en el pensamiento de Puente Genila Lucena, de Loja a Benamejí como si fueran los cuatro puntos cardinales del alma? ¿Quién es ese Antonio Vargas Heredia por quien lloramos  a una todos los payos como si en vez de ser ese gitano un personaje novelesco más o menos artificial fuera en verdad alguien a quien conociéramos de toda la vida y nos importase?

Como si los océanos fueran un río que se desbordó mucho, así hay mensajes cuyo contenido a primera vista es baladí, cosa sin calado ni carga importante y que, sin embargo, y a pesar tal vez incluso de los autores, va mucho más allá de lo que ellos pretendieron o concibieron y también más allá también de lo que perciben los receptores aun sin ser conscientes de ello. Eso es a lo que yo llamo inspiración: cuando se evoca, se recrea y se transmite algo mucho más grande, poderoso y profundo que lo que aparenta ser o lo que se ofrece a primera vista.

Déjeseme, pues, en esta ocasión, tratar de ver por qué muere Antonio Vargas Heredia, por qué es gitano, por qué lo lloramos, por qué guardan por él luto los cuatro puntos cardinales. Y después de leer este articulito, si alguien lo hace, olvídese y vuélvase a escuchar o a cantar ese pedazo de alma auténtica que es Antonio Vargas Heredia.

Todos sabemos cómo les gustan a los varones las mujeres, qué clase de mujer les gusta o como se representa a la mujer que gusta a los varones, vivimos inmersos en ese mundo de las mujeres que les gustan a ellos. Pero ¡qué poco sabemos, qué poco se representa la clase de varón que nos gusta a las mujeres! Perdón, no debería decir que “nos gusta”, no, no se trata de gusto, se trata de qué clase de varón deseamos las mujeres, con el alma y las entrañas. Así como también debe de haber  una clase de mujer que desean los varones, no que les guste, sino que deseen, con el alma y las entrañas. Porque el gusto es pobre, momentáneo, superficial, en cambio el deseo… el deseo sale del alma y de las entrañas, lo es todo.  Poco sin embargo se habla del deseo y por eso se habla tanto de lo que les gusta a los varones, esa espuma que engaña como si debajo tuviera un mar y que en realidad no tiene nada más allá de sí misma. Por eso hay que volver a la raíz y al deseo de las mujeres y para recuperar el deseo de los varones y la raíz del alma humana y sus entrañas.

“No lo hubo más bueno, más guapo ni honrado”. Ya está, todo el deseo expresado. Sin marcas de ropa, sin cosméticos, sin postureos ni apariencias. Y a ese varón bueno, guapo y honrado se lo lleva una tentación, la rabia. Luto eterno, para siempre, por los cuatro puntos cardinales. Nuestro gitano bien plantado echado a los perros por la tentación de que lo que no es será si uno pierde su hombría y dominio y cae en la tentación de la rabia, de exigir a la realidad más que lo que le da. Nuestro varón deseado muerto, muerto para el  humo, para nada…

¿No supo él, quizás, embebido en un concepto de poder que lo descarrió que él es nuestro deseado, que lo queremos tal cual, bueno, guapo y honrado, sin otras pretensiones, sin otras alturas que lo alejen de nosotras como un globo sin peso alguno?

¡Ay, ay, nuestro gitano, varón libre, bueno, guapo y honrado ¿qué es de ti?! ¿Saldrás alguna vez de tu trena de engaños y rabias para ser nuestro deseado con tu clavel grana sangrando en la boca y tu varita de mimbre en lamano, la varita flexible y ligera de la simpatía y el buen humor, y te acercarás a la corriente de la vida para todas las mocitas de Puente Genil a Lucena y de Loja a Benamejí, para que ninguna tenga ya que llorar y todos los puntos cardinales se gocen en ti, el más arrogante y mejor plantado?

Con un clavel grana sangrando en la boca,
con una varita de mimbre en la mano,
por una vereda que lleva hasta el río
iba Antonio Vargas Heredia el gitano.

Entre los naranjos, la luna lunera
ponía en su frente la luz de azahar
y cuando apuntaban las claras del día
llevaba reflejos del verde olivar,
del verde olivar.

Antonio Vargas Heredia,
flor de la raza calé,
cayó el mimbre de tu mano
y de tu boca el clavel,
y de tu boca el clavel.

De Puente Genil a Lucena,
de Loja a Benamejí.
De Puente Genil a Lucena,
de Loja a Benamejí,
las mocitas de Sierra Morena
se mueren de pena llorando por ti.
Antonio Vargas Heredia,
se mueren de pena llorando por ti.

Era Antonio Vargas Heredia, el gitano,
el más arrogante y el mejor planto
y por los contornos de Sierra Morena
no lo hubo más bueno, más guapo y honrao.

Pero por culpita de una hembra gitana
su faca en el pecho de un hombre se hundió.
Los celos malditos nublaron sus ojos
y preso en la trena de rabia lloró.

Antonio Vargas Heredia,
flor de la raza calé,
cayó el mimbre de tu mano
y de tu boca el clavel,
y de tu boca el clavel.

De Puente Genil a Lucena,
de Loja a Benamejí.
De Puente Genil a Lucena,
de Loja a Benamejí,
las mocitas de Sierra Morena
se mueren de pena llorando por ti.
Antonio Vargas Heredia,
se mueren de pena llorando por ti.

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