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Sacrificios humanos

Por no llamar a las cosas por su nombre

se inmolan con vergüenza 

quienes debieran ser mis fieles. 
 

Yo, Huitzilopochtli, ¿qué pedía?:

el tributo de muerte 

que precisan los vivos,  

en limpio y en altar.

  

La ramera a la que ahora sacrifican 

se hace llamar a sí misma Estadística,  

desdeña el nombre de deidad, 

exige su tributo en callejones y en tinieblas

y jamás reconoce que recibe ofrenda alguna.

Sí, más allá de posturas y reacciones clásicas de horror ¿qué tienen de malo los sacrificios humanos?

En el sitio de internet de dónde he tomado la ilustración que acompaña al artículo, Tierra de historia, se dice que “los sacrificios humanos a Huitzilopochtli tenían las características de un culto satánico”. Y ¿de qué tienen las características las campañas de destrucción de países enteros emprendidas por los imperiales de hoy en todo el mundo, a algunas de cuyas víctimas se llama “colaterales”? ¿Son sacrificios humanos o son sacrificios de perros? ¿Son cultos satánicos o son ofrecimientos voluntarios de la propia vida en unción y entrega al Sustentador de los universos?

¿Son sacrificios humanos los muertos de sobredosis, los que quedan por el camino después de destruirse a sí mismos y de destruir a sus familias? ¿Son sacrificios humanos las mujeres objeto de trata y tratadas en efecto como mercancía desechable, como mercancía de carnicería? ¿Son sacrificios humanos sus “clientes” que, en todas sus horas o sólo en esas horas de clientelismo, adquieren alma de perro? –Todo esto claro está, con perdón de los perros, que ellos son sinceros y conformes a su naturaleza-.

Los sacrificios humanos han existido siempre y me creo que existirán siempre y, es más, creo que el destino de todo ser humano es sacrificarse. De hecho así es. Muere y mejor para nosotros es creer que morimos sacrificados porque morimos para resucitar a otra realidad, después de trascender ésta en que nos vemos confinados en esta vida.

La santidad o satanismo del sacrificio humano no estriba en el rito o en el culto de que se acompañe sino en la intención que lleve. Y es aquí donde yo opino que todos los sacrificios que no son a la rahma divina, de donde procedemos todos, de donde procede todo lo que es creado, son sacrificios satánicos, hechos a Satanás, o sea, a la mentira, a la irrealidad, a nada. Nada se trasciende, nada se sublima, nada vuelve a esa rahma divina origen de todo.

O sea, que sí, que sigue habiendo sacrificios humanos pero no nos damos cuenta o no nos da la gana verlos así. Una cosa tan tremenda, tan trascendental, la trivializamos y perdemos el sentido de lo sagrado en nosotros, en nuestra vida, en la vida de todos, en la existencia toda. En lugar de eso, nos hacemos de cruces ante según qué sacrificios, ignoramos unos, como si los sacrificados fuesen perros, y descoyuntamos otros como si los sacrificados fuésemos nosotros mismos, todo según la pauta que nos marquen los tabúes del día.

Disociamos. Clasificamos los sucesos según la posturita que debamos adoptar cuando se mencionan. Es como la reacción común al dolor humano. Sí por algún lado se ve sangre, entonces hay que escandalizarse y demostrar muchísimo horror y clamar. Si no se ve sangre, aunque al que sea lo mate la jaqueca o se desmaye de retortijones, entonces huelga escandalizarse y dar muestras de sensibilidad humana y de consternarse. Si no hay sangre, no pasa nada y que reviente quien sea. Y si hay sangre, aunque no duela, adelante con las consternaciones y las manos a la cabeza.

Y volvamos a Huitzilopochtli. ¿Qué es lo malo que hicieron aquellos que sacrificaron al Huitzilopochtli – o a otras deidades- en las cantidades que fuera? ¿Qué es lo que llevó a los antiguos tenochcas, tepanecas, tlaxcaltecas, etc. a tomar la iniciativa de no esperar a que Dios reclamase a sus sacrificados y a adelantarse ellos ofreciéndoselos?

Hay una explicación de que fue para paliar una hambruna que los asoló y que dio luego origen a las guerras floridas. Yo no sé si creérmela y tampoco tengo que creer o no. Da igual porque creo que no lo sabré nunca con certeza. Que no fue un acierto lo tengo por seguro. Creo que, como ocurre históricamente con todas las religiones, también en la religión de los chichimecas hubo su parte de extravío. Pero yo no me voy a cebar en esa parte de extravío. En cambio, sí voy a hablar de algo que aquellos hombres demostraron y que hoy se echa en falta. Aquellos iban de frente, hoy se va con disimulo. Aquellos cometían el atropello a pleno día y sin esconderse. Su confusión era cierta pero no sinuosa y pérfida. Hoy se hacen exactísimamente los mismos sacrificios pero a los sacrificados y a quienes los quieren no se les deja ni siquiera el resquicio de pensar que han participado en algo sagrado, en algo que eleva a la víctima al grado de santidad y retorno a la Divinidad y algo callado en el propio corazón, viendo a los que se despide como a perros, clama: ¡por favor, un altar!.

En cambio, si los consideráramos sagrados, sacrificados a la rahma divina, embajadores nuestros por el divino y universal perdón, aunque fuera involuntariamente, para los que sobrevivimos sería un consuelo, una esperanza. Todo es sacrificio a la divinidad. No hay nada que no lo sea. Cuando el sacrificio es duro y duele, es más la necesidad de darle sentido y considerarlo sagrado y hacer que sirva, que nos sirva, para volvernos más conscientes de nuestra dignidad y deber de respeto para con nosotros mismos como seres humanos y para toda la creación como rahma divina. Saber que nada, NADA, nos convierte en basura. Ni que nos llamen “colaterales” ni que nos llamen víctimas. Somos rahma divina que se convertirá en carne divina, que volverá a su Fuente.

Hoy son basura. Entonces eran sagrados y hoy son basura. O, en la mejor versión de la ñoñez moderna, que renuncia a mirar a las cosas de frente y a llamarlas por su nombre, adquieren el marchamo de víctimas y se les hacen museos como si fueran héroes. Y víctima y héroe, aunque puedan ir unidos en la misma persona, no tienen por qué y son distintas cosas. Una víctima no pide serlo, no es un mérito, no entraña ni heroísmo ni intención. Algunas víctimas, al vivir su suplicio, pueden, y a veces sucede, convertirse en héroes al asumirlo y revolverse y superar su situación de pobres apaleados para convertirse en luchadores y dar sentido a su sufrimiento. Pero eso no se tiene en cuenta a la hora de hacer del papel de víctima una dignidad que, en el reparto de papeles históricos, todos se pelean por apropiarse. Pero que nadie se llame a engaño porque la atribución de ese papel tiene, par los atribuidores, la utilidad de poder calificar a otros de verdugos y, ahí sí, ver si ya de paso los pueden sacrificar y tener unos cuantos colaterales más.

Los “colaterales”, pues, son víctimas pero no se les llama así, porque los verdugos que de ello podrían derivarse no interesan. Así que se quedan en pobres idiotas pillados donde no les convenía. Comparemos eso con los sacrificados en altar. Esos eran sagrados, su sacrificio era santificación para todos, la puerta a la divinidad. Estas dos actitudes contrapuestas, para el sacrificado, no significan nada. Si muere como mera víctima o como héroe o como santo, es asunto suyo, que la actitud de los supervivientes no va a modificar. En cambio, para estos últimos, para los supervivientes, la actitud lo es todo. Porque mirar a alguien como basura o mirarlo como motivo de elevación y consciencia es muy distinto.

Hoy no tenemos conciencia de lo sagrado. Por muchos aspavientos y muestras de horror que demos ante ciertas cosas, da igual. No significan nada. Lo que nos llega es la alienación de esos seres. Y nos alienamos porque no lo podemos asumir, porque no podemos asumir que las personas seamos basuras. Y por tanto mostramos horror como personas de buenos modales y nada más. No nos detenemos en ello, no podemos dar rienda suelta a la conmiseración y al sufrimiento por ellos porque ese sufrimiento no nos lleva a ninguna parte.

Sí, hablemos de sacrificios humanos y llamémoslos así. Tengamos la hombría de mirarlos de frente y de reconocernos extraviados, si llega el caso, pero no falseemos y despreciemos la realidad. Y que la rahma divina, que nos sustenta, nos llene el alma y sea nuestro más presente y permanente sentimiento.

 

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