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Sobre las traducciones del honrado Alcorán

 

En este espacio y en muchos otros, y yo diría ya, para no pillarnos los dedos, que en todos los espacios en que se hable del honrado Alcorán se critica acerbamente a los traductores. Yo, que soy traductora, que lo he sido la mayor parte de mi vida y que con ello me he ganado mis lentejas, también he criticado acerbamente a los traductores.

Sin embargo, en justicia, tengo que afirmar que siempre ha de entenderse que esas críticas no son absolutas ni deben jamás considerarse como un sacar faltas y mucho menos como reprimendas. En tanto que traductora doy eso por descontado por más que tal vez no todo el mundo y no todas las vece se entiende así. Por eso creo indispensable en descargo de mi conciencia exponer este textito para contribuir al respeto a la traducción como misión, al respeto a los traductores como trabajadores y al respeto del intelecto y el discernimiento como primera herramienta para entender cualquier cosa. Ruego, pues a todos los lectores interesados en el honrado Alcorán y, por ende, en su traducción que lean estas líneas y las tengan en cuenta.

Como por alguna parte hay que empezar, empezaré por algo que es preciso explicar aunque seguro que para muchos es bien conocido: muchísimas veces, para que un texto tenga coherencia, es preciso alterar toda la estructura gramatical del original y, lo que es más, que no se sería buen traductor si no se hiciera así. No obstante, siempre y en todos los casos, es preciso tener presente en primer lugar la clase de texto que se traduce, a quien va destinado y la finalidad que se persigue. Muy distinto es traducir una novela, en la que la fluidez y calidad literaria prima sobre todo mientras no se trastoque el hilo y detalle de la narración, o una poesía en la que está permitido casi todo siempre que se alcance a tocar al lector en la manera más semejante a como lo toca el original, de un texto jurídico, en el que no se puede sacrificar absolutamente nada al exacto y preciso efecto jurídico que se pretenda expresar. Ahí el traductor ha de jugar con todo su talento para que el texto resulte claro en la versión traducida sin sacrificar ni un mínimo de significado original.

El texto asimismo, será distinto si está destinado a dar un rápido apercibimiento de algo que importa en general pero no en detalle o si el detalle es fundamental. Igualmente si el lector final va a ser alguien entendido o un lego al que no se puede suponer enterado de las sutilezas de cada expresión  especializada que pueda encerrar el texto.

Ahora bien ¿Qué clase de texto es el honrado Alcorán? Se sabe que encierra ciertas normas jurídicas y que de él se han derivado o tratado de derivar todavía más de tales normas; que es un texto al que se le exige verdad y exactitud, cumpla años o siglos o milenios, y que, por lo tanto, si nos da por contraponerlo a los conocimientos científicos del momento se esperará que al menos no desmienta lo que se tiene por cierto (con razón o sin ella) de tales conocimientos; un texto en el que, en principio, un creyente no debe toparse con nada feroz o arbitrario o manifiestamente injusto, cualquiera que sea la época en que se lea o los presupuestos que se mantengan en cualquier sociedad o momento. Si tenemos en cuenta todo esto y aún más cosas que no se me vienen ahora a la mente, habrá que pensar que cualquiera que se ponga a traducir el Honrado Alcorán no sabe dónde se mete o, si lo sabe, es un optimista desatado o un inconsciente total. ¡Menuda empresa!

En efecto, traducir el honrado Alcorán se nos aparece como una tarea ingente y formidable y que todo lo que se diga de una traducción cuando alguien se pone, por ejemplo, a hacer un estudio pormenorizado y rigurso de algún aspecto del texto coránico, aunque lo parezca, no debe entenderse jamás como crítica acerba de ningún traductor, ninguno de ellos es Dios ni lo pretenden y es seguro que se han esforzado al máximo. Todos, traductores o no,  tenemos limitaciones. El honrado Alcorán puede ser compendioso y, para el contenido que encierra, bastante breve, pero traducirlo es una empresa en la que cualquier traductor tiene siempre la certidumbre de quedarse muy corto, malparado, muy incapaz y muy indigno.

Pero las traducciones son necesarias y muchos se han prestado a “quedar mal” ante unos lectores, que siempre se sienten indefensos, vendidos, para satisfacer su necesidad de conocer. Sirvan, Dios mediante, las distintas traducciones y posibilidades, sin embargo, como una ayuda más para ahondar en el propio estudio que hagamos cada uno, que debemos hacer cada uno.

Cuando se traduce el honrado Alcorán, hay una enorme carga literaria. El lenguaje y sonido del texto transmite, indudablemente, y duele en el corazón que eso se pierda por el camino. Si embargo, sacrificar siempre hay que sacrificar algo, o la fidelidad puntillosa literal, o la facilidad de lectura, o la elegancia y soltura del texto final… siempre quedarán muchas bajas en el campo de batalla de una traducción, cuando se trata del honrado Alcorán, pudiera ser que haya más bajas que los que quedan en pie.

Hay traducciones que gustan por su calidad literaria, otras por su literalidad, otras por el nivel de acierto en las interpretaciones (eso siempre a criterio de cada cual).

Las traducciones tampoco están marcadas por el traductor en su integridad. Intervienen los criterios de la época, los generalmente aceptados entre los entendidos… Eso se salda muchas veces con lo que se incluye entre corchetes, que no es traducción sino interpretación del texto, aunque todo el texto en sí encierra muchísima interpretación, que normalmente será la que domine en ese momento en el círculo en el que se mueva el traductor.

El lector debe ser consciente de que no es Dios quien ha hecho la traducción del honrado Alcorán sino un hombre, varón o mujer, que no tiene capacidad sobrehumana, que es, lo mismo que el lector, un muyahid del aprendizaje, en el que quizás haya puesto toda su entrega, su vocación y su alma. No debe esperar del traductor infalibilidad sino servicio con el mejor propósito, que el lector deberá complementar asimismo con su mejor propósito. Es improcedente que un lector busque tres pie al gato sacando faltas al honrado Alcorán basándose en una traducción que generalmente tendrá muchos flecos. Seguramente tendrá también muchos aciertos, pero esos ¡amigo! los damos por descontados y lo que nos llama la atención es el fallo, más o menos clamoroso.

Como traductora, me siento compañera -y crítica por deformación profesional- de otros traductores. Veo los fallos, veo lo que se podría haber hecho o dónde se entendió o no se entendió bien y ¡cómo no! me quedo con la boca abierta ante muchos aciertos y con un “¡ya quisiera yo haber resuelto eso así…! en el pensamiento.

En resumen, los lectores del honrado Alcorán debemos mirar al traductor como un compañero, un colaborador, tan falible como nosotros, tan entregado como nosotros, que nos da los medios y las armas con las que abordar la tarea personal de hacer nuestro, de hacer de nuestra alma el honrado Alcorán y, para eso, lo debemos ver como un estudioso tan desvalido como nosotros pero que nos ha regalado eso que tiene él y que no tenemos nosotros, una capacidad, un trabajo desmedido, hecho y llevado a cabo, y no culparlo sino colaborar… donde él pueda no darnos lo que esperamos, poner de nuestra parte y ¡quién sabe! conseguiremos más y mejores traducciones, quizás apropiadas a cada necesidad o pretensión.

Hay un mérito de la traducción que no debe quedarse en el tintero. La traducción es la mejor arma para entender un texto y formularlo de la mejor manera posible. En una ocasión escuche no sé si en la tele o en la radio hablar sobre el plurilingüismo suizo. Sabido es que allí todas las leyes confederales se publican en los cuatro idiomas oficiales de la Confederación y las demás en los idiomas del territorio donde rijan. Pues bien, comentaron los suizos que, de hecho, eso ayuda a tener mejores leyes, porque se analizan a fondo hasta sus últimas consecuencias, debido al hecho de que para su traducción obligan a una claridad y concreción que de otra manera no se alcanzaría. La traducción es un arma formidable para desentrañar el honrado Alcorán. Si Dios nos lo dio en una sola lengua no fue porque no supiera todas sino porque sabe lo que nosotros podemos llegar a saber a través de nuestro esfuerzo en entender. ¡Alabado sea Él sobre todas las cosas!

Terminaré este ladrillo impresionante presentando mis respetos y mis excusas a todos mis colegas, los traductores a los que seguramente he maltratado muchas veces de palabra. La familiaridad es desastrosa para estas cosas. Pero en el fondo, lo sabemos, son parte de esa alma colectiva que se esfuerza, a su modo, por algo que vale la pena y es hermoso. Gracias, traductores, gracias lectores y gracias divino Autor del honrado Alcorán.

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