• Categorías

Virgen y madre o abuela y vieja

¿Virgen y madre o abuela y vieja?

Sí: ¿Qué puede ofrecernos la religión antigua?

La primera es una pregunta que podemos hacernos, en particular, las mujeres pero también los varones. Es además una pregunta que debiera hacerse toda la sociedad en tanto que tal.

No es ningún secreto que en torno a la mujer existen idealizaciones y tópicos que uno no sabe ya si salen de la tradición, de la cultura, de la moda, de la religión convencional o de dónde y que hacen de la mujer un ser que existe en función de otros. Yendo al  imaginario religioso de occidente, en muchos casos se tiene la impresión de que la mujer sólo existe en función del varón, para ser madre, a condición de que el hijo sea varón, él, el varón, el ser humano que lo es por sí mismo, mientras que la mujer es un ser humano en función de otros y ha de justificar su existencia siendo útil al que es el ser humano por antonomasia. La narración religiosa de la creación del varón y la mujer, al menos una de esas narraciones, sostiene este papel utilitario de la mujer, mientras que cuando se trata del varón jamás se piensa que su papel es servir para algo al otro sexo o a otras personas. Él se justifica por sí solo.

No voy a aprovechar esta consideración para hacer el chiste fácil de que es que los varones no sirven para nada, con lo que a mí me gusta hacer chistes fáciles. No. Yo estoy firmemente convencida de que sí que sirven si se los hace servir o si, por sentido moral y de justicia, ellos sirven voluntariamente. Pero es eso, al ser ellos los titulares, lo demás gira en torno a ellos. Al ser las mujeres el sexo intruso cuya existencia se fundamenta en su utilidad para el otro sexo, ellas giran en torno a las necesidades o pretensiones de ellos y se justifica su existencia en serles útiles. Nadie pensaría que hace falta justificar la existencia de los varones siendo útiles a las mujeres pero, con ellas, a menudo eso es más o menos lo que se hace.

La parte de virgen también tiene su aquel. Y cuando se junta con la de la madre es implosiva. Al ser la mujer perfecta la inmaculada, virgen y madre, la mujer corriente queda en el ridículo más total, ya que parece condenada a la imperfección. Y ¿por qué necesita ser virgen? Incluso ¿por qué necesita ser perfecta? El islam que, si se siguiera según el honrado Alcorán, no debiera caer en esas contorsiones, sin embargo, en su tradición y creencias más o menos populares, en lugar de atenerse al honrado Alcorán, ha importado abundantemente de ese imaginario religioso ajeno, de manera que también se cargan las tintas en que si Maryam (María) era madre virgen o no lo era, como si eso importara medio comino. Evidentemente, lo de virgen y madre y lo de madre a secas, además de las otras cosas, reduce a la mujer al aparato reproductor y, cuando éste deja de ejercer, la mujer deja de tener cualquier interés y, es más, debe sentir vergüenza de haber perdido el sex appeal, de haber ganado arrugas, a veces  incluso, algo de bigote. Bueno ¡una vergüenza! Eso no es ser mujer ¡hombre! Pues sí, el ser madre y estar tentadora es su función y nada más. Aquella letra popular que dice “las solteras son de oro y las casadas de plata, las viudas son de cobre y las viejas de hojalata” es una descripción bastante atinada de la valoración social de las mujeres.

Y es aquí cuando yo me vuelvo a la religión antigua y celebro que hayan tenido el acierto sublime de considerar a Nuestra abuela, Toci, como nombre divino. Sí, señoras y señores, sí. Las mujeres siguen siendo seres humanos después de dejar de ser reproductoras. Su valía humana no se reduce a servir de vehículo o esparcimiento a los varones con sus atributos sexuales. Sí, celebremos a Nuestra abuela, que sí, fue madre, pero llegó a lo divino precisamente cuando ya no servía para parir o gustar. Benditos antepasados que supieron valorar eso como algo característico, noble y venerable del ser humano. La mujer que ya no tiene esas hormonas que la hacen tan rica, que hacen de su virginidad un florón, un trofeo para ellos y, al parecer, hasta para Dios, sigue siendo adorable, sigue siendo digna de veneración, sigue valiendo por sí sola porque se la quiere y porque socialmente es un pilar.

Pues sí, alabado sea Dios y veneradas sean las abuelas y, por supuesto, también los abuelos. Pero ¿será precisamente eso lo que se pretendía en la religión antigua al entronizar a la abuela? ¿decir que ser mujer dura toda la vida y es bueno, que es importante de por sí toda la vida, con hormonas o sin ellas?

¡Vivan las abuelas! ¡Vivan los abuelos! ¡Vivan aquellos que nos han dejado esta herencia tan sentida y que con tanta eficacia caldea el alma! Y sí ¡viva la religión antigua! que, ahora, despojada de sus aspectos desviados, se nos revela tan sabia, tan práctica, tan exuberante, tan consoladora, tan, tan… tan abuela, Nuestra abuela.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *